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Mostrando entradas de 2017

Silencio

La llave se resiste a entrar en la cerradura. Al otro lado de la puerta, ese estribillo. Una vez dentro, el llavero sale volando. Y el bolso, y la falda, y mis brazos… Se ejecuta una coreografía muy ensayada. Él marca un compás trepidante. Mis piernas describen arriesgadas piruetas en el aire. Encajo los giros y zarandeos en silencio. Las paredes solo escuchan su zapateo. Mañana, cuando no me quiten ojo, susurraré que me he vuelto a caer por las escaleras. ¡Maldito escalón! gritará mi alma.

Genes

Por fin han dejado de destrozar mi mundo , me ha dicho mi hija esta mañana. Yo he abierto un ojo y me he sacudido el sueño, pero mis neuronas encargadas de descifrar la lógica infantil seguían desactivadas. Ya en el desayuno, con algo más de información, he entendido, en parte, su entusiasmo. Todo me sale bien. Mi suerte ha cambiado tras el accidente , repite como un mantra. Que si ya nunca falla el wifi de casa; que si los desalmados que pisoteaban su mundo de bloques virtuales en Minecraft se han esfumado; que si ya no le asusta dormir con la luz apagada; que si se ha cumplido su deseo de tener una mascota… Se refiere a un gato callejero que ha adoptado sin pedir permiso a nadie y al que ha bautizado con el nombre de Suicida. Se trata de un animal que desafía su suerte varias veces al día. En cualquier momento logrará saltar al otro barrio. Lo veo venir. Pero eso a ella no le preocupa porque está convencida de que si los gatos tienen siete vidas, Suicida tiene mil. Además, donde ...

Pisadas

Salgo de allí dando un portazo a modo de despedida. Un sabor metálico inunda mi boca. Salto los peldaños de dos en dos. Resbalo. Un dolor intenso recorre mi muslo y mi rodilla. Ya en la calle, el aire fresco golpea mi cara. Desciendo por la calle a trompicones.   Siento que una marea de cuerpos extraños me vapulean. ¡ Ten cuidado, guapa! me   grita alguien. Los locales de ocio vomitan una multitud tambaleante. Las calles apestan a alcohol. El griterío ahoga mi respiración entrecortada. Giro por una bocacalle a la izquierda y me introduzco en un parque. El intenso olor a orín me produce nauseas. Me dirijo hacia el callejón. Está oscuro. No veo a nadie, pero percibo una presencia extraña. Respira hondo. Relájate. Queda aire , susurro. Unos ladridos. Noto cómo mi corazón bombea la sangre; mis músculos se tensan. Pasa un rottweiler. Su correa fustiga el asfalto. Mi adrenalina se dispara. De nuevo me falta el aire. La polución de la ciudad me asfixia. Salgo al encuentro de ...

La asfixia de las cosas

Mario T. se levanta del sillón con dificultad. Le resulta complicado encontrar un espacio libre para apoyar el pie. Un zapato se le enreda entre las varillas oxidadas y rotas de un paraguas con la tela desgarrada. Sacude la pierna para desprenderse del objeto que lo atrapa. Consigue sacar su pie, pero el suelo ha engullido su zapato. Avanza por un pasillo plagado de columnas de periódicos y revistas de números atrasados. Luego levanta una extremidad para esquivar una caja de cartón cuyo contenido no recuerda. Sube por unas viejas maletas atiborradas de libros como si fueran los peldaños de una escalera. Repta por encima de unas voluminosas bolsas de plástico de las que asoman telas, mantas, abrigos, toallas, sábanas y abundante ropa de mujer. Su cuerpo se hunde sobre este cúmulo de pertenencias blandas. Luego se arrastra entre objetos más despiadados: una tostadora, un microondas, una lavadora, la carcasa de un ordenador… Siente diferentes piezas metálicas clavadas en su cuerpo. A me...