La asfixia de las cosas


Mario T. se levanta del sillón con dificultad. Le resulta complicado encontrar un espacio libre para apoyar el pie. Un zapato se le enreda entre las varillas oxidadas y rotas de un paraguas con la tela desgarrada. Sacude la pierna para desprenderse del objeto que lo atrapa. Consigue sacar su pie, pero el suelo ha engullido su zapato. Avanza por un pasillo plagado de columnas de periódicos y revistas de números atrasados. Luego levanta una extremidad para esquivar una caja de cartón cuyo contenido no recuerda. Sube por unas viejas maletas atiborradas de libros como si fueran los peldaños de una escalera. Repta por encima de unas voluminosas bolsas de plástico de las que asoman telas, mantas, abrigos, toallas, sábanas y abundante ropa de mujer. Su cuerpo se hunde sobre este cúmulo de pertenencias blandas. Luego se arrastra entre objetos más despiadados: una tostadora, un microondas, una lavadora, la carcasa de un ordenador… Siente diferentes piezas metálicas clavadas en su cuerpo. A medida que avanza, va ascendiendo por la habitación hasta que su espalda se pega al techo. Su rodilla recibe el golpe de una batería de automóvil averiada.  En Ghana, la idea de tirar un producto si se estropea es impensable. Si algo se puede reparar no se tira así como así. La gente local no entiende la cultura de usar y tirar. Ellos intentan reparar todo lo que pueden. Pero un 80% de los residuos que llegan no se pueden reparar, afirma alguien.

Mario T. rescató la batería de coche con la intención de repararla, pero de eso hace ya algunos años. Debajo de esa pieza de automóvil y de la montaña de objetos acumulados está la cama de Mario T. Es incapaz de recordar la última vez que durmió sobre un colchón. Continúa su camino minado de objetos. Le falta el aire. Teme que le invada uno de sus ataques de tos. Su escuálido cuerpo apenas cabe en el espacio disponible entre sus pertenencias y el techo. Logra atravesar la estancia que hace años desempeñaba la función de dormitorio y que ahora está irreconocible. Se detiene frente al marco superior de una puerta. Ahora debe descender boca abajo para pasar a otra habitación. Se tira de cabeza sin pensarlo. Sus 57 kilos aterrizan sobre el esqueleto de una lámpara de mesa con la tulipa agujereada. Nota un dolor persistente en su hombro derecho. Se incorpora como puede y lanza el objeto sobre un montón de envases de cartón y de plástico. La lámpara vuelve a caer. Él la recoge y la lanza con más fuerza, pero los objetos apilados la expulsan de nuevo.

Ahora un alud de periódicos se desploma ante él. Invierte unos minutos en retirarlos para poder alcanzar su destino. Por fin llega a la cocina. Siente cómo los utensilios de cocina se hunden en su espalda. Retira un montón de libros y aparece el hornillo. Deposita los libros que acaba de apartar sobre los veinte tomos de la Enciclopedia de Salud, Dietética y Psicología. Enciende una cerilla. Pone un cazo con agua a hervir. Saca con dificultad una bolsita de té del bolsillo del pantalón y se prepara su desayuno. Toma la infusión de pie y con los hombros encogidos. Cuando termina su bebida, apaga el fuego, retira el cazo y vuelve a depositar los libros sobre el hornillo. La sociedad de la acumulación está llegando a su fin porque apenas queda espacio para poner los residuos, continúa la voz. Se dispone a salir de allí. Sortea la enciclopedia e inicia el agotador camino de vuelta. Esto no es vida. Reconozco que tengo un problema práctico, de desplazamiento, explicó Mario T. al último responsable de los servicios sociales que intentó poner un poco de orden en su caótica existencia. El asistente social le explicó con tacto que le ayudaría a tirar solo aquellas cosas que él autorizara.

̶ ¿Qué le parece si nos desprendemos de este zapato? Está roto y no tiene pareja. No sirve para nada  ̶  , le dijo un día.

̶ Su pareja debe de estar por aquí. Además se puede reparar. ¡Qué manía tiene todo el mundo de llamar a cualquier cosa basura! Los objetos pueden tener una segunda vida, ¿sabe? Además, este zapato pertenecía a mi madre.  ̶  dijo Mario T. arrebatando el zapato desparejado.

Tras varias semanas de seguimiento, el especialista no consiguió que Mario T. se despegara de nada. Cada intento de tirar algo le agriaba el carácter y le provocaba una intensa crisis de ansiedad. Lo único que el asistente social consiguió tirar sobre una inmensa montaña de basura fue la toalla. Quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado o está loco o es economista, el drama es que ahora todos somos economistas, dice una nueva voz.

La labor del asistente social fue inútil en parte porque todo aquello de lo que Mario T. se quería desprender hacía años que ya lo había retirado. Se trataba de todas las pertenencias de su padre y todo lo que pudiera recordarle a él. Y en parte, porque esa obsesión del trabajador social de ordenar las cosas le recordaba demasiado a su progenitor.

Tras el desayuno, sale de la cocina. Trepa por los periódicos apilados y se pega al techo de su antigua habitación. Repta por encima de los viejos electrodomésticos oxidados. Los deja atrás. Se deja caer sobre las bolsas de plástico en avanzado estado de desintegración. Avanza en horizontal porque sabe que si intenta poner un pie en el suelo, su pierna se hundirá hasta la ingle y le costará salir. Algún objeto punzante se clava en su costado. Se trata de un tubo de buceo que asoma de una mochila de deporte. No recuerda cuándo lo rescató de la basura. Lo cogió por si acaso algún día le podía servir. De pequeño le gustaba bucear. Su madre lo llevaba todos los veranos a la playa unos días para que mejorara su asma. A su padre esa escapada siempre lo alteró. Si lo malcrías así, nunca logrará hacerse un hombre, refunfuñaba. Hace años que no ve el mar, ni a sus padres. Hoy tose más de lo normal y a sus pulmones apenas entra el aire. Echa de menos a su madre, pero en el fondo se alegra de que ella no pueda verlo en ese estado.

Por fin logra llegar al salón, busca los huecos para alcanzar su viejo sillón colocado frente al televisor. Se deja caer en él. La tele está siempre encendida porque el mando a distancia no funciona. Los trastos tapan media pantalla, así como el sensor del mando. En la tele continúa la emisión del documental  Comprar, tirar, comprar que Mario T. estaba viendo hace unos 40 minutos, cuando decidió que había llegado la hora de su té matutino. El trozo de pantalla del televisor despejado vomita las imágenes del mayor vertedero electrónico del mundo, ubicado en Ghana. Los que están detrás de los envíos dicen que quieren cerrar la brecha digital entre Europa y América, y el resto de África y Ghana. Pero los ordenadores que envían no funcionan, dice la voz en off. 

La pantalla medio oculta sigue vomitando imágenes: una legión de niños escarban en una montaña de carcasas de ordenadores, de teclados aplastados, de pantallas rotas, de lavadoras descuartizadas, de móviles triturados, de microondas destripados, de aparatos de aire acondicionado apenas irreconocibles… Extraen con sus manos ennegrecidas las piezas metálicas de esos cadáveres electrónicos para venderlas a los chatarreros. Otros jóvenes encienden grandes hogueras de las que emana un humo denso donde queman los aparatos. El fuego derrite el plástico, lo que permite extirpar más rápidamente las partes metálicas a los esqueletos electrónicos. Toneladas de piezas inservibles alteran el paisaje urbano, ocasionan graves impactos al medio ambiente y ponen en riesgo la salud humana al incluir componentes tóxicos como el plomo, el mercurio, el cadmio el selenio o el arsénico,  continúa la voz en off. A continuación, un travelling muestra la verdadera magnitud del vertedero digital: un descampado inerte cubierto de basura que bloquea la corriente de agua de la laguna.  

Por la noche tosemos y tenemos problemas para respirar, dice un niño de apenas cinco años junto a una hoguera que le duplica su altura.

De repente una algarabía silencia el sonido del televisor. Mario T. recuerda que la comunidad de vecinos le pidió permiso la semana pasada para levantar un muro alrededor de su casa para ocultar la basura que se acumula de forma irremediable en su jardín y en su hogar.

Viajamos en un bólido que nadie pilota, que va a toda velocidad y cuyo destino es chocar contra un muro o caer por un precipicio, dice un crítico de la sociedad de consumo en el documental. 

Mario T. avanza hacia el exterior de su casa con lentitud, como si llevara todas sus pertenencias a cuestas. El camino es largo y está lleno de obstáculos. Esto es una locura, esto no es vida, susurra de nuevo mientras se abre paso entre sus opresivas pertenencias. No para de toser.

Fuera, un grupo de vecinos trabaja en equipo para levantar un muro que oculte el basurero.  Es como barrer y esconder el polvo bajo la alfombra. Con la diferencia de que esta alfombra está en nuestra casa: es nuestro planeta, afirma la autora del documental. Una reflexión que Mario T. ya no llega a oír.

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