El artista de la valla
Los primeros rayos de sol se filtran entre las nubes, acarician los tejados y tiñen de tonalidades rojizas las fachadas de las casas de Kyjov. La luz se cuela por los resquicios de los ventanales deteriorados del viejo taller y repta por muros desconchados, lienzos de otra época apilados en las paredes, muebles que acumulan el polvo de medio siglo y un suelo cubierto por fotografías y cartones arrojados hace años. La claridad atraviesa las fisuras de las puertas e ilumina su rostro cuarteado, su barba, sus canas enmarañadas, su piel ennegrecida y sus ropas remendadas. La luz continúa su camino a través de los huecos y se detiene en el cuarto oscuro.
Un octogenario Miroslav desentumece los músculos agarrotados por el frío, la humedad de la noche y la artrosis. Le duele la cabeza y el estómago. Le cuesta enfocar. Las encías le arden. Se mueve con torpeza por su mugriento salón sujetando un lienzo cuya imagen se oculta bajo capas y capas de polvo. Coge una esponja ennegrecida. La humedece bajo el grifo. A continuación, limpia con ella la superficie del cuadro. Empiezan a emerger colores luminosos y formas de otra época. Sonríe. Acaricia con sus dedos esa imagen que le traslada al aula de dibujo de la facultad de Bellas Artes de Praga. Tiene 20 años. Una modelo desnuda posa para los estudiantes. La luz entra por los ventanales de la clase y se posa en esa silueta en reposo. Toma un pincel y traza en el aire una línea imaginaria que recorre ese desnudo imperfecto. Empieza por un tobillo. Asciende con delicadeza por su pierna ligeramente flexionada. Llega hasta el muslo. Su trazo es tembloroso. Se recrea en la cadera y en la espalda. Abre la caja de madera recién barnizada y selecciona los tubos de pintura de colores intensos. Empieza a mezclar los tonos escogidos en su paleta. Está abstraído. No oye el crujido de la puerta de madera que se abre. Ni las pisadas de unas botas. Ni los murmullos. No ve cómo una sábana blanca sepulta el cuerpo semidesnudo de la modelo. Ni cómo una legión de hombres del régimen escolta a la joven hasta la salida. Él sigue con sus mezclas. A continuación, retuerce con cuidado la punta del pincel para afinarlo. Sonríe imaginando su obra. Carga la pintura. Cuando posa de nuevo la mirada en la modelo, la imagen se ha desvanecido. En su lugar se erige un joven musculoso, de rudas facciones y vestido con mono de proletario. Un joven Miroslav se levanta ofuscado. Tropieza con el caballete. La paleta cae al suelo. Sale de su clase de dibujo. No volverá a pisar la universidad. Le falta el aire. Avanza por el pasillo a trompicones. Llega a la escalera. Se da cuenta de que aun sostiene en la mano un pincel embadurnado de pintura. Con la otra mano retuerce sus cerdas unos segundos y luego lo lanza tan lejos como puede. El pincel rueda por los peldaños de la facultad. Miroslav baja los escalones de dos en dos, deslizando su mano teñida por la barandilla y dejando un rastro de pintura rojizo que va perdiendo intensidad a medida que desciende. Aquello no puede estar pasando, piensa. Pero lo cierto es que en 1948 el régimen comunista acaba de llegar al poder y extiende sus tentáculos hasta la clase de dibujo de la facultad de Bellas Artes. Años más tarde, esos mismos tentáculos alcanzarán los rincones de su estudio y arrojarán sus lienzos repletos de mujeres desnudas al medio de la calle. “En ese momento, las calles se convirtieron en mi estudio y las mujeres en mis modelos. Sustituí los pinceles por la luz. Un nuevo mundo se abría ante mí”, dice.
Algo le hace perder el equilibrio y cae de bruces. Levanta sus viejos huesos apoyándose sobre el esqueleto de una silla. Intenta sortear una montaña de libros de filosofía, pero los roza con el brazo y se desploman. No se detiene, pasa por encima de ellos. El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer y varios libros de Platón pasan a ocupar otro lugar en el universo de Miroslav. A continuación, pisotea una sartén, un colador, revistas de otro tiempo, un rayador, botes de cola, cristales, el palo de una escoba, una lata de tomate vacía, cuerdas, papel fotográfico, unos alicates, pinceles con las cerdas acartonadas… Pasa junto a un mueble desvencijado y acaricia con la mano una caja de madera envejecida de la que asoman tubos de pintura retorcidos y oxidados. Percibe un vago olor a trementina y óleo. Aparta de un manotazo un cable eléctrico que cuelga del techo. Una rata se cruza en su camino. Llega a la cocina, coge un vaso con el cristal ennegrecido por la mugre. “Es solo polvo”, dice. Lo enjuaga bajo un grifo que escupe un débil hilo de agua. Frota con ímpetu, pero el agua simplemente se desliza por la superficie opaca del cristal. Lo llena de cerveza KlassiK, la más barata del mercado, y bebe para acallar su estómago.
Se sitúa frente a la mesa de la cocina. Aparta un cenicero repleto de ceniza. Sobre la mesa: lentes, objetivos, un colador, recipientes con productos químicos, cinta adhesiva… Su mirada se detiene en una jaula hecha con dos cestas de rejilla de supermercado atadas con un alambre. Pasa su mano con delicadeza sobre el frío metal. En su interior: un plátano, una manzana, dos patatas y medio kilo de harina. Las ratas se comen toda su comida. Solo le dejan los desechos.
Coge un cuadernillo sobre las leyes de la óptica y lo arroja al suelo tras un breve vistazo. Toma un montón de fotografías, les quita el polvo golpeándolas contra la mesa, las mira y luego las lanza a otro rincón del océano Miroslav. Unas figuras femeninas caminando, reclinadas, de frente, de espaldas, vestidas, desnudas quedan esparcidas por el suelo. Y allí quedan sumergidas durante años hasta que las mareas del azar las devuelven de nuevo a la superficie, pero de otro tiempo. Coge un alambre con el que remienda los agujeros de su roído suéter. Alcanza un cuchillo y corta una lente de plexiglás que alisa con papel de lija. Cuando se puede ver a través de la lente, la pule con una mezcla hecha de pasta de dientes y ceniza de cigarrillo. Y con eso va a fotografiar. Y va a funcionar. De forma imprecisa, pero funcionará. Sonríe.
Entonces un harapiento Miroslav sale a la calle a las seis de la mañana en busca de inspiración. Fotografía con un artilugio fabricado con desechos como tubos de cartón, latas de conserva, paquetes de tabaco, cuerdas, elásticos de sus calzoncillos, lentes de gafas viejas, trozos de plexiglás pulidos, chapas de los botellines de cerveza… Todo sellado con brea para evitar entradas de luz.
Vaga por la plaza principal, por el mercado, por el parque frente a la escuela de secundaria, por la estación de autobuses… Unos escenarios de los que era apartado en vísperas de las fiestas comunistas porque su aspecto dañaba la imagen de la ciudad. “Durante las celebraciones, los uniformados me llevaban a la institución mental de Kromz para normalizarme. Un día se olvidaron de recogerme. Yo tenía mi pequeña maleta preparada y esperaba que me llevaran al manicomio. Esperé y esperé, pero no aparecieron. Entonces me cansé de esperar, salí de casa y me paseé por la plaza. Había hileras de banderas rojas por todas partes; la multitud abarrotaba las calles; las mujeres, ataviadas con el vestido tradicional; la música sonaba… El desfile había empezado. En el Ayuntamiento habían levantado una tribuna y alguien pronunciaba un discurso. Fui a la iglesia, subí las escalinatas y me senté en el escalón superior. Desde allí podía observarlo todo. Y todo el mundo me vio. En menos de tres minutos dos policías estaban junto a mí. Luego: el manicomio”.
De repente, la ve. Una joven asciende con paso ligero por la escalinata que lleva a la iglesia. Cada vez que sus tacones conquistan un peldaño, su vestido camisero se abre, dejando al descubierto parte de sus piernas. Al alcanzar la cima se sienta en un escalón y se quita sus zapatos. Retira de la cara unos cabellos desprendidos. Pasa el pelo por detrás de su oreja. Su mano roza el cuello. Y de pronto la imagen se ralentiza hasta que finalmente se detiene en ese instante en el que el destello de un sol agazapado se cuela entre las nubes. Un haz de luz ilumina la mano próxima a su cuello, sus piernas descubiertas y esos pies desnudos que reposan sobre sus sandalias. Miroslav presiona el disparador, de forma automática, sin ni siquiera mirar el visor, de forma rápida y fluida. Así hasta cien veces al día. Captura mujeres en el mercado, sentadas en un banco, en la parada del autobús, montando en bici, tomando el sol… “Cuando hago fotos no pienso en nada. No planifico nada. No me tomo nada en serio. Todo es un juego. El tiempo que paso en mi caminata determina lo que voy a fotografiar. Todo está determinado por el mundo dando vueltas. Todo depende del azar. Nunca he hecho otra cosa que dejar pasar el tiempo”, dice.
Miroslav deambula por su ciudad imaginaria repleta de mujeres. Atrapa una cadera que se contonea, un rostro insondable, unos pechos incipientes, una espalda sugerente, un cuello altivo, unos tobillos turbadores, una postura regia… “Soy un observador. No solo de las mujeres sino de seres humanos ¡De todo! Me interesa todo, incluso las entrañas, cada átomo. Tengo que explorar cada átomo porque soy un atomista”, dice riendo. “Veo formas y las convierto en matemáticas. El mundo entero está formado por números”. Miroslav resta importancia al erotismo de sus imágenes y prefiere centrarse en lo que considera el fundamento del arte: “¿Qué es arte? El arte es solo una idea”, dice citando a Schopenhauer.
Otra joven de sonrisa traviesa posa relajada para él, para ese viejo de mirada ida y sonrisa mellada. Para ella, Miroslav es un vagabundo demente e inofensivo que se pasea con una cámara de juguete. Es un viejo conocido en Kyjov. Le inspira ternura. Cuando lo ve, le vienen a la memoria las palabras que su madre le decía de niña: ¡Lávate las manos o te convertirás en Miroslav Tichý! Ella no es consciente de que esa cámara que la enfoca es real. No sospecha que ese artilugio hecho con despojos mal ensamblados es capaz de hacer fotografías. Pero lo cierto es que esa mirada sensual de la joven que traspasa la cámara quedará inmortalizada y viajará en el tiempo. “A veces veo a una mujer que me gusta, pero en lugar de ponerme en contacto con ella, la fotografío. Porque en el fondo sé que no estoy realmente interesado en ella. Su figura y su movimiento es lo único que me cautiva”, dice.
Cuando llega a la piscina, mantiene las distancias, hace tiempo que le prohibieron esta zona. Para él, el cuerpo de la mujer es sinónimo de policía, prisión y hospitales psiquiátricos. “Toda mi vida, bajo los comunistas. Me vigilaban, me seguían de cerca, me detenían, me encarcelaban, me ingresaban en manicomios…” Los informes psiquiátricos de las clínicas donde estuvo ingresado recogen los tratamientos empleados: electrochoque; radiación; aislamiento; trabajos forzados; uso de drogas psicotrópicas como narcóticos o insulina; palizas; punciones lumbares… “La vida en prisión era dura. Pasaba hambre. Un trozo de pan era el paraíso. En el psiquiátrico te daban una chuleta y te sacaban de excursión una vez por semana. Lo malo es que estaba rodeado de dementes”, dice entre risas. Durante años, el régimen no le quitó ojo por su aspecto descuidado, por disidente, por demente, por depravado, por no encarnar al hombre comunista ideal, por estar siempre observando a las mujeres…La policía checa nunca encontró evidencias de conductas reprochables u ofensivas hacia las mujeres. Pero le imputaron otros cargos. Un informe de 60 páginas sobre higiene presentado en un juicio aportaba pruebas concluyentes: en la ropa de Miroslav se localizaron dos piojos y una cucaracha. Cuando el juez preguntó al acusado si tenía algo que alegar; él respondió entre risas: “¡Cítenlos como testigos!”
Ahora apresa a las mujeres en biquini a través de la valla de alambre que rodea la piscina y que tan a menudo aparece en sus fotografías. Atrapa su elegancia, su melancolía, su paz, su desasosiego, su soledad, su alegría, sus gestos serenos, su sensualidad… Apresa a esa mujer que se aleja, a esos cuerpos inaccesibles, fantasmagóricos, desconocidos, perdidos en otro mundo… pero siempre desde el otro lado de la valla de la piscina, desde los márgenes de la realidad. Y desde ese otro lado mira, vive, intuye, sueña, resiste, respira y crea.
Miroslav continúa con su paseo. Vaga con paso renqueante, mirada perdida y sonrisa intacta. Llega al mercado. Allí captura a parejas que se besan, bicis aparcadas, niñas jugando, una risa, instantes fugaces en los que la alegría aparece o desaparece sin avisar… “Soy un mero instrumento, un instrumento de conocimiento, de percepción o de algo”, explica. Según Miroslav, “la fotografía es algo concreto, una percepción, lo que ves con tus ojos. ¡Y sucede tan rápido que no puedes ver nada en absoluto!”
Al caer la tarde se dirige con todas sus capturas al cuarto oscuro instalado en el patio trasero de su casa. Ahí revela todo lo que pueda ser identificado. “Yo no selecciono. Cuando veo algo reconocible, algo que se parece al mundo, lo revelo”, dice entre risas. “Reconocemos solo lo que podemos y queremos reconocer. Soy un profeta de la decadencia y un pionero del caos, porque solo del caos puede surgir algo nuevo”, sentencia. Sumerge las fotografías en un barreño, donde se humedecen y oxidan; y luego las pone a secar en la cuerda donde tiende la ropa. Las siluetas femeninas van surgiendo. Una joven tumbada en el césped. Otra mete con delicadeza su pie en el agua de la piscina. Otra con los brazos elevados se recoge el pelo en un moño. La brisa mece sus melenas. El sol acaricia sus pieles. Las fotografías de Miroslav acumulan un montón de defectos cuando salen del cuarto oscuro. Están borrosas, desenfocadas, están hechas con negativos rayados, y acumulan manchas de bromuro y huellas dactilares. Luego serán arrojadas al suelo u olvidadas en cualquier rincón de su casa. Tichý las pisoteará, dormirá y comerá sobre ellas o serán roídas por las ratas. También las pintarrajeará, les pondrá marcos de cartón, las recortará, las plegará, hará anotaciones en la parte de atrás… En definitiva, las hará suyas. Y finalmente, acumularán el polvo de los próximos años. Y en ese casero proceso de posproducción se produce el milagro. De ese caos surge la poesía. Los arañazos se convierten en texturas; las manchas, en huellas del paso del tiempo; y la imperfección, en arte…
Las luces se encienden. Varias salas blancas e impolutas acogen la obra fotográfica de Miroslav en el International Center of Photography de Nueva York. De la fachada del edificio cuelga un cartel que anuncia una muestra retrospectiva del artista. En el interior, los técnicos examinan y limpian las creaciones con guantes blancos. La reseña del New York Times menciona unas fotografías inquietantes, perturbadoras, conmovedoras, oníricas, delicadas, intemporales, con vocación pictórica, que reflejan su mundo interior, sus emociones, la distancia entre él y su entorno. El comisario de la exposición, Harald Sweemann, visiona las obras y afirma que “la intensidad siempre encuentra su medio”. Desde kyjov, Miroslav explica la receta de su éxito: “Para ser famoso debes tener una cámara mala y luego tienes que hacer algo y hacerlo peor que cualquier persona del mundo, porque a nadie le interesa lo bello y perfecto”. Y luego esa risa desdentada.
En Kyjov ya ha anochecido. Miroslav se deja caer sobre su destripado sofá y enciende una lámpara con la tulipa agujereada. Un haz de luz enfoca un rincón de su hogar que él encuadra con sus dedos como si fuera la primera vez que lo ve. Vislumbra una belleza oculta bajo capas de polvo y telarañas. Aprecia expresión en lo inanimado, una paleta en tonos ocres y tierras, un ángulo perfecto, contraste, armonía, composición, poesía…
Ahora alarga el brazo y coge el lienzo que ha humedecido esta mañana con una esponja ennegrecida. Lo vuelve a dejar en su sitio con delicadeza. Cuando el cuadro se seque recuperará su invisibilidad otra vez.
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