Las gafas
Mi madre nunca me compró el oso de orejas desiguales. De niño, cuando pasaba por la tienda de juguetes, pegaba la nariz al escaparate y suplicaba a mis padres que me lo compraran. Lo que diga tu madre , se limitaba a decir papá. Pero ella nunca accedió. Decía que el peluche escondía algún tipo de defecto que yo no lograba ver. Durante mucho tiempo sospeché que los cristales de mis gafas borraban ciertos detalles que me hacían percibir una imagen distorsionada de la realidad. Lo que veía con una claridad meridiana era que las mujeres tenían el mando. En casa se hacía lo que decidía mamá. Y en primaria me cuadraba ante las órdenes de Claudia, mi novia. Un día se la presenté a mi madre. Ella pasó revista y dijo: ¡ Hijo, sí que tienes la vista atrofiada! Por entonces, yo no la entendí. ¿Acaso consideraba a Claudia espantosa?, pensé. ¿Pero qué veía mi madre? , me preguntaba. Tras mis lentes aparecía una niña de ojos azules, de cabello dorado y con una graciosa mancha de nacimiento ...