Señales

Las cosas ocurren por algo, no para de repetir mi madre como un mantra. Pero yo no acabo de descifrar el porqué de los acontecimientos. Y eso me inquieta. Me siento incapaz de desentrañar las señales que me envía el universo.

Ayer, mientras conducía, una ardilla se cruzó en mi camino. Luego corrió en paralelo a mi coche durante medio kilómetro. ¡Y yo que pensaba que el hábitat de estos roedores se encontraba en otro trópico! La ardilla me ganó. Según mi madre, eso tiene un significado. 

 
Si entro en una librería, tropiezo, ejecuto una complicada pirueta en el aire, tiro dos libros que caen abiertos en el suelo, aterrizo de pie, pisoteo sus letras, y las huellas de mis zapatillas quedan marcadas nada más y nada menos que en El faro de Virginia Woolf y en 1984 de George Orwell…  Pues bien, según mi madre, ese sacrilegio o acto vandálico involuntario tiene un motivo.

 
El universo te habla, me dice; pero yo soy una lerda a la hora de descifrar su código. El cosmos insiste. El otro día las señales eran inequívocas: luminosas, de color amarillo fosforescente y con forma de círculos concéntricos. Allí estaban, en el techo de mi habitación, intentándome manifestar algo. Las órbitas me siguieron durante todo el día, enmarcando mi realidad con luces de neón. Luego los círculos lumínicos se apagaron y dieron lugar a la oscuridad más absoluta en mi ojo izquierdo. Me dejé de teorías cósmicas y me planteé consultar a un médico o a un loquero.

 
Al final, resultó ser un desprendimiento de retina, según el oftalmólogo. Pero según mi madre, el universo me informaba de que me negaba a ver la realidad.

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