Las gafas


Mi madre nunca me compró el oso de orejas desiguales. De niño, cuando pasaba por la tienda de juguetes, pegaba la nariz al escaparate y suplicaba a mis padres que me lo compraran. Lo que diga tu madre, se limitaba a decir papá. Pero ella nunca accedió. Decía que el peluche escondía algún tipo de defecto que yo no lograba ver. Durante mucho tiempo sospeché que los cristales de mis gafas borraban ciertos detalles que me hacían percibir una imagen distorsionada de la realidad.

Lo que veía con una claridad meridiana era que las mujeres tenían el mando. En casa se hacía lo que decidía mamá. Y en primaria me cuadraba ante las órdenes de Claudia, mi novia. Un día se la presenté a mi madre. Ella pasó revista y dijo: ¡ Hijo, sí que tienes la vista atrofiada! Por entonces, yo no la entendí. ¿Acaso consideraba a Claudia espantosa?, pensé. ¿Pero qué veía mi madre?, me preguntaba. Tras mis lentes aparecía una niña de ojos azules, de cabello dorado y con una graciosa mancha de nacimiento en la mejilla con forma de koala.  

En el instituto, caí rendido ante Zuraia. Me fascinaba su sonrisa, su piel canela, sus penetrantes ojos negros y los coloridos hiyabs que envolvían su oscura melena. Un viernes la invité a mi casa; y mi madre la recibió con su peor cara. ¡Que no vuelva a venir! Ella no es como nosotros, dijo cuando ya se había marchado. Yo seguía sin enterarme de nada. Pensé que mis gafas me habían vuelto a jugar una mala pasada. Mi padre levantó su mirada por encima de sus lentes y no dijo nada. ¡Buena es ella para que le lleven la contraria!, le había oído decir a papá infinidad de veces.

En primero de carrera, me enamoré de Carmen, una morenaza de ojos verdes. Durante meses me limité a quererla en silencio. Me mentía al pensar que era su belleza lo que me acobardaba. Una tarde me atreví a saludarla; y ella me devolvió el saludo. En ese momento me armé de valor y entablé una conversación. A la semana siguiente, estábamos saliendo. Tres años más tarde organicé una comida para que mis padres la conocieran. Ya en el restaurante, empecé a ponerme nervioso. Mis padres se retrasaban. Temí que mi madre hubiera dado una contraorden. Pero me equivoqué. Ella apareció como un ciclón. Y mi padre, detrás. ¡No os levantéis! Sentimos el retraso. La culpa, de tu padre, dijo mamá.

El encuentro fue mejor de lo que esperaba. A mi madre le cayó muy bien mi nueva novia. A la hora de las despedidas le acerqué a Carmen su gabardina, su bufanda y sus muletas.

̶̶ ¿Un accidente reciente? ̶   preguntó mi madre.

̶  No exactamente, las muletas siempre me acompañan  ̶   respondió mi novia.

Entonces la actitud de mi madre cambió. Era evidente que Carmen ya no le caía tan bien como antes. ¡Deja al chico en paz!, se insubordinó papá al llegar a casa. En ese instante comprendí que mi padre y yo veíamos el mundo a través del mismo cristal.

Finalmente me casé con Carmen, a pesar de la cara de desaprobación de mi madre. Cuando mi mujer dio a luz a nuestro primer hijo, mi padre se presentó en el hospital con una sonrisa y con el oso de orejas desiguales. Mi madre montó en cólera y le ordenó que lo devolviera porque tenía un defecto.

̶ ¿Cuál, mamá?  ̶  le pregunté intrigado quitándome las gafas.


 

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