Disfraces


Mi teléfono vibra en el bolsillo. Reunión urgente para todos los profesores de primaria a la hora del almuerzo, leo en mi whatsapp. La noticia se ha extendido como la pólvora. La centralita y el e-mail del colegio echan humo. Menudo revuelo se montó ayer cuando vieron a Mariola en el cuarto de baño. ¡Pero si es una niña! Una pequeña de siete años que no se despega de su mochila rosa de Rapunzel, ni de su sonrisa; y que, por lo visto, tiene el poder de poner el colegio patas arriba.

̶ Los padres se nos echan encima; y la madre de Mariola amenaza con denunciar por acoso ̶   me susurra un compañero por el pasillo.

̶ ¡Está enferma. Que vaya a un centro para niños especiales! ̶ dice un joven con los pantalones algo caídos que hace piruetas sobre un monopatín.

Por fin llego a mi clase. Me alegro de ver a Mariola cargando su mochila de Rapunzel, pero echo de menos su sonrisa. Recuerdo las primeras palabras que intercambié con ella el primer día de clase. Yo era una profesora novata que desconocía los retos a los que me iba a enfrentar. Ella venía de otro colegio.

̶  ¿Te gusta el disfraz que te ha tocado?  ̶  me preguntó acariciándose sus trenzas.

 ̶ No entiendo. ¿Disfraz? Falta mucho para Halloween ̶  le contesté de forma apresurada. Ella se limitó a mirarme como a un bicho raro.   

Hoy sus compañeros no le quitan ojo mientras cuchichean sobre el incidente de ayer. Abro las ventanas y una corriente de aire fresco hace volar varios folios y sofoca las burlas. Ahora solo oigo su teoría, esa que me contó un día: “Yo creo que todo el mundo lleva un disfraz. A unos les toca el de bombero; a otros, el de médico… A mí me tocó el de niño. Pero en realidad siempre he querido el disfraz de niña, por eso a los cuatro años ya me ponía la ropa de mi hermana, jugaba con sus juguetes y envidiaba sus trenzas. Mi mamá siempre me ha dicho que si me siento como una niña y me comporto como tal, todo el mundo me considerará una chica, que es lo que soy”.  

Pero ayer por la tarde Mariola no hizo pipí como una niña. Parece ser que dejó la puerta del servicio abierta, porque no tenía nada que ocultar.

̶ ¡Es un chico, es un chico! ̶  gritaron todas sus compañeras dejando a Mariola sola en el baño de chicas.

Una hora más tarde, la encontré acurrucada bajo un lavabo cuyo grifo goteaba sin cesar.

̶ ¿No puede ser cada uno lo que quiera ser? ¿Tengo que volver a ser Mario? ¿Tendré que cambiar otra vez de colegio? ¿Estoy enferma? ̶   me preguntó sumergida en un mar de dudas.

̶ Eres Mariola y siempre lo serás. El problema no lo tienes tú. Son ellos los que tienen una enfermedad llamada intolerancia, pero no te preocupes porque tiene cura ̶  le dije. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

Suena la alarma en mi móvil. Hora de la reunión.

̶  ¿Qué tal Mariola? ̶   me pregunta la directora nada más entrar.

̶ No es ella la que más me preocupa ̶   contesto.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Genes

Pisadas

Silencio