El tufo de la homogeneidad


Y ya voy por la quinta vuelta a la manzana. No hay sitios libres. Bueno, sí que los hay pero me los arrebata siempre el coche de marras que circula delante de mí. Otra vuelta más. Y otra plaza de parquin que me quitan. Al final estaciono mi vehículo, pero invadiendo un poco un paso de cebra. Tengo la esperanza de que algún día sea yo la que aparque a la primera.

Llego tarde, para variar. La rueda de prensa ya ha empezado, pero no entro aún. Me entretengo hojeando los folletos informativos que se exponen en recepción. Cojo unos cuantos y me los meto en el bolso. Nunca se sabe. Será cuestión de entrar. Veo a todos los compañeros, o sea, a la competencia. No te has perdido nada, me dice uno. No sé si creerle. No veo ningún sitio libre. ¡Por Dios, qué mal huele en esta sala! Opto por quedarme de pie. Saco mi libreta y un boli. Dejo el bolso en el suelo y veo una hoja con una tonalidad ocre otoñal asomando de la suela de mi zapato. La estiro para quitármela. Viene con sorpresa. Lleva adherida una descomunal mierda de perro. Empiezo a sudar. El corazón se me acelera. Me dirijo al baño y el tufo me sigue. Intento retirar el kínder sorpresa con papel higiénico. Se resiste. Humedezco un generoso trozo de papel y le tiro jabón. Ni por esas. Rebusco en mi bolso, ese en el que impera la ley del por si acaso: colonia, clínex, toallitas, crema de manos… Pueden servir. Alguien llama a la puerta. Horror. Un momento por favor, digo. Y si me quito los zapatos… A lo mejor no se dan cuenta. Tiro colonia a la suela con la esperanza de que enmascare el olor. No hay nada que hacer.

Entro en la sala de nuevo. Todos miran mis calcetines grises con mariquitas rojas. Creedme la otra opción era mucho peor, susurro a los curiosos sin dar más detalles. Turno de preguntas ya. Anoto algunas ideas en la libreta. No sé qué voy a escribir, pienso mientras me dirijo al cuarto de baño para recuperar mis zapatos con olor incorporado. No están. En la calle mis calcetines atraen todas las miradas.

Al llegar a la redacción, repaso mis notas. Le explico al redactor jefe que no tengo nada que no hayamos publicado ya. Pues tienes que llenar una página, me suelta. Ya sabes… la dictadura de la maqueta, dice. ¡Y ponte los zapatos que no estás en tu casa! 

Registro de nuevo ese espacio donde impera la ley del por si acaso. Saco los folletos informativos. Trasplantan con éxito un corazón de cerdo a un humano, leo. Busco a la artífice de esta hazaña: Brenda Knifes. La entrevisto por teléfono. Es cercana y amable a pesar de la diferencia horaria, de su prestigio internacional y de su apellido. Se ofrece a mandarme unas fotos y más documentación. ¡Lo tengo!

Al día siguiente, ya calzada, me espera mi superior con la camisa arremangada y los ojos inyectados en sangre.

̶   ¿Tú que vas, por libre? Todos los medios traen el contenido de la rueda de prensa de ayer menos nosotros. Hoy tienes que cubrir el Congreso de Cardiología en el recinto ferial. ¿Te crees capaz de hacerlo esta vez?  ̶  me ladra.

̶  Sí, claro. Cuenta con ello  ̶ , le respondo.

Al llegar al congreso, veo a los compañeros. Todos se arremolinan a mi alrededor.

̶  ¡Que sepas que por tu culpa nos ha caído una bronca del copón! Nos han echado en cara que tú salías con lo del cerdo; y nosotros, con lo de siempre  ̶ .

̶   Por si os sirve de consuelo, a mí también me ha caído una de las gordas por ir por libre  ̶ , les digo.

Caminamos por los jardines del recinto ferial. Hay varios actos convocados a la misma hora. Hay que elegir. Todos me siguen. Veo una mierda de perro. La esquivo. ¡Me cago en la puta! suelta alguien detrás de mí. Suena mi móvil. Todos pegan la oreja.

̶  Confío en que estés donde tienes que estar  ̶ .

̶  Sí,  jefe  ̶ , le contesto.

 ̶ ¡Ah! y tienes otra página  ̶  , dice antes de colgar.

Me meto en la sala A. Mis compañeros, también. Esta vez me siento en la primera fila. Siguen sin decir nada interesante. Me salgo. Los del marcaje, también. A estos no me los quito de encima ni con aceite caliente, pienso. Me desmarco unos segundos y cojo más folletos informativos. Los meto en el bolso. Ellos ni se percatan de esta acción.

Tras una mañana errática por distintas ruedas de prensa con la comisión de seguimiento desorientada y pegada a mis talones alguien me pregunta:

̶  ¿Sobre qué vamos a escribir esta vez? ̶  

̶   Déjame mirar en mi bolso ̶ , le digo.  

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Genes

Pisadas

Silencio