Bulerias
Fuera,
el viento azota las persianas y los ánimos. Dentro, la música sacude la rabia. “Estirad
los brazos. No quiero que os toquéis. Que nadie invada vuestro espacio. Y
recordad que sois como un roble milenario cuyas raíces están bien ancladas en
la madre tierra. Por muy fuerte que sople el viento, éste no os puede derribar.
¡Empecemos. Quillas, por bulerías!”, dice la profesora.
Suenan
nuestras palmas con el revés de las manos. Se funden con el compás de la música
y las risas. 123 456
78 9 10 … 123
456 78 9 10 …
Candela
o lo que queda de ella entra en clase. Parece que ha sido abatida por un
ciclón. Ni rastro de esos hombros tirados para atrás, ni de la barbilla elevada
como desafiando el aire, ni de sus hoyuelos, ni de esa mirada pícara enmarcada
por sus pestañas postizas. Hoy no bailan sus manos gitanas, ni sus corales, ni
sus aros de oro. Hoy no brillan sus uñas de gel de colores estridentes. Hoy no
pisa el entarimado con sus deportivas de plataforma como un toro bravo. Por el
contrario, entra cabizbaja y se sienta en la parte trasera de la clase. Algo
habitual en muchas de nosotras, pero impensable en ella.
“Ayer
oí sus gritos. El Antón quebrantó la orden de alejamiento”, susurra alguien.
Sentimos
un desgarro en el alma. Nos invade una fuerza que nace de nuestras entrañas y
que se apropia de nuestras caderas, nuestros brazos y nuestros gestos. Cada vez
golpeamos con más fuerza nuestras manos hasta que sentimos un hormigueo que
anestesia el dolor. 123 456
78 9 10 … 123 456 78 9 10 La rabia, que también se apodera de nuestros
pies, se filtra por las tarimas del parqué y se desplaza en dirección a la
parte trasera del aula. Allí, Candela, encogida y abatida, empieza a palmear intercalando
su quejío.
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